Escapar

Siempre tenía esa sensación. Una mezcla de desasosiego, ahogo y desazón. El convencimiento de que le seguían. Alguien vigilaba sus pasos. La perseguía.

Todo empezó con aquellas llamadas de un número oculto. No contesto, desde luego. Ninguno de sus conocidos le ocultaba su número. Fueron dos o tres, no recuerda bien. No las volvió a recibir. Hacé unos meses de eso. Y sabe porque. Dejo de llamar, quien-fuera, porque la espía. Sabe dónde está. Con quien. Por eso no llama.

Primero dejo de ir a tomar café al mismo bar de siempre. Aquel chico más o menos de su misma edad. Si, ese que le daba los buenos días. Ese que la miraba entre curioso y tímido. Mientras, ella ojeaba con desgana el periódico porque el café estaba demasiado caliente. Ese sin duda era él de las llamadas, pensó. Me sigue, decidió.

Cambio de bar. A uno que no la pudieran ver desde fuera. Como no fumaba no tenia que salir. Ya no ojeaba el periódico. No le interesaban sus mentiras. Fijaba su mirada en la puerta. Cuando se abría, se decía “ahí está, es él, ese chico”.

Aquel chico nunca entró en ese bar. De hecho no volvió a entrar a ningún bar, aunque eso pertenece a otra historia. Pero ella sabía que la espiaban. No era él, vale. Pero la vigilaban. Estaba segura.

Salía del trabajo. Miraba alrededor. Podía sentir la mirada de su vigilante.

Quizás aquel barbudo en su moto… La rubia tatuada besaba al motero después de pasar delante de ella sin verla y se alejaban haciendo un ruido que espantaba al resto del mundo…

Tal vez el trajeado del maletín de piel…Un taxista cabizbajo abría la puerta al trajeado rezando retraso-tráfico-disculpas y desaparecían entre el caos de coches…

Acaso el músico que pedía en la acera…Recogía, sacaba un bastón blanco y buscaba el brazo que le ofrecía un señor canoso agachado por el peso de los años y los daños…

Sabía que la espiaban. No tenia la menor duda.

No ellos, vale. Pero la vigilaban. Sentía la mirada en su nuca. Salía del trabajo. Lo notaba. Cogía el metro para volver a casa. Aquel hombre que parecía escuchar a su amigo y no dejaba de mirarla mientras asentía con la cabeza. Ese que se montaba dos estaciones después y fingía leer el mismo libro y no se molestaba ni en pasar las paginas. Este que siempre se ponía en el fondo del vagón de espaldas a ella con un volumen en sus auriculares que dejaba adivinar que canción estaba escuchando si alguna vez la hubiese gustado el death-metal. Sabía que uno, alguien, la seguía.

Las calles que llevaban a su casa.

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Vacías y obscuras. Aumentaban su angustia.

Quizás él que rebuscaba en la basura solo lo hacía para disimular. Porque no parecía que encontrara gran cosa.

Esa cuadrilla de adolescentes de pelos teñidos fumando porros en el banco de la otra acera y que callaban cuando oían sus tacones, ¿serían sus vigilantes?.

Porque la espiaban. Lo sabía. Lo notaba. Como el aire que cada vez entraba mas rápido y abundante en sus pulmones.

El chino que fumaba en la puerta del Todo-A-Cien y la miraba 25 metros antes de que llegara a su altura. Y la miraba, lo sabia, lo sentía, los 25 metros después antes de que girara la esquina.

Sacaba las llaves. Las repartía entre sus dedos. Acomodaba el llavero en la palma de su mano. Eran los últimos metros antes de llegar al portal. Los mas peligrosos. Perfectos para una emboscada. sentía unos ojos clavados en su cuerpo. Estaba al acecho. Lo podía notar. Vigilandola.

Aquella mujer. Nerviosa. Que se cruzaba en el portal o saliendo del ascensor. Despeinada. Que no recordaba que fuera ninguna de sus vecinas. Siempre acomodándose la ropa. Que no la saludaba. Aquella podría ser, debía ser, su vigilante.

Empezaba a sentir la seguridad del hogar. El refugio de sus brazos. La calma de sus palabras.

Mientras el ascensor ascendía el desasosiego disminuía. Como si supiera que su sitio era el portal, la calle, el metro, el bar.

Giraba la llave en la cerradura. Abrió la puerta y…

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– Hola, cariño. ¿Ya estas de vuelta? – la recibía él, mientras besaba sus labios – ¿Que tal tu día?

Y mientras, pensaba: Menos mal que a C se le ocurrió lo de activar la función de compartir localización de Google con ella en tu móvil, si no nos hubieses pillado retozando en la cama otra vez hoy…

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Lilith lo sabe.

Yo no aguanto nada en el estomago de la cabeza. Vomito en cuanto siento asco o desprecio. Es algo incontrolable. Siento la arcada y tengo que salir corriendo para manchar lo menos posible.

Lilith lo sabe. Y siempre esta preparada para lo peor, siempre dispuesta para minimizar el rastro que voy dejando.

Cuando bebo es mucho peor. Se con toda seguridad que ese asco saldra de mi, la mayoria de las veces sin ni siquiera avisar, mostrando todo su desprecio…con una fuerza inusitada y un radio de accion que puede alcanzar incluso a seres inocentes.

Lilith lo sabe. Y siempre me aconseja que procure beber menos; que algun dia, dice, no podra limpiar todo lo que escupo. Porque sabe tambien como yo, que cuando una verdad se clava no hay mentira que la saque…y yo intento sobrellevar el clavo de la resaca.

Yo la escucho cuando me dice que deje de beber. Sus palabras son certeras y, aunque se que su intencion no es la de hacer daño, laceran.

Pero es mucho peor cuando Lilith calla. Puedo ver sus ojos de preocupacion e incluso, oler su miedo.

Y es entonces cuando siento el vertigo. Cuando me asomo y solo veo vacio.

Y Lilith lo sabe.

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Espera un poco…

¿¿¿

Que te hace pensar

que si vas al callejón obscuro

donde yo jugué,

donde las madres gritaban por la ventana,

donde me di y me dieron la primera hostia,

donde robe el primer beso y me escondí,

donde empecé a fumar…de todo,

donde aprendí a saltar en los charcos y ahora no hay ni árbol, ni seto;

donde te lleva la curiosidad mientras me amarra el hastío…

en vez de la avenida plena de luz, gente, espejismos y seguridad…

no me voy a acercar a olerte

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